En el año 2009, la polémica sobre el canon digital —la tasa compensatoria impuesta por el gobierno español sobre CDs, DVDs, discos duros, teléfonos móviles y memorias USB bajo la presunción de que todo ciudadano era un potencial infractor de propiedad intelectual— alcanzó niveles kafkianos. Las demandas de la SGAE contra peluquerías por tener la radio encendida o contra banquetes de boda por el baile nupcial estaban a la orden del día.
En ese caldo de cultivo, nuestro colaborador Capitán Nemo redactó una de las piezas satíricas más celebradas del humor digital español: la denuncia ficticia de la entidad de gestión contra la industria vidriera nacional.
«La SGAE quiere dar un paso más allá en la búsqueda de un control absoluto de las copias no autorizadas y de las obras derivadas. Por ello, ha interpuesto una demanda colectiva contra los fabricantes de espejos.»
«En estimaciones del tesorero de la entidad, los espejos a lo largo de la historia han sido utilizados por más de 3.000 millones de personas para reproducir sin consentimiento imágenes de personas protegidas por derechos morales y de autor. Los fabricantes se han puesto en contacto con el abogado David Bravo para articular su defensa: "Un espejo no almacena datos de forma permanente en un soporte material, solo refleja fotones incidentes", sostiene el letrado. "Otra cosa muy distinta es si colocas dos espejos enfrentados en un probador de El Corte Inglés, pues en ese caso la imagen del fondo constituye una reproducción múltiple infinita no remunerada".»
«Otras entidades en el punto de mira para próximas demandas según la SGAE: el Eco de las montañas, el portapapeles de Windows (Ctrl+C), la memoria eidética de los estudiantes de oposiciones y las fotocopiadoras del Congreso de los Diputados.»
El Absurdo como Arma Política
La pieza de Pitodoble corrió como la pólvora en redes sociales y foros jurídicos. Su eficacia radicaba en que el argumento paródico no estaba tan lejos de la realidad de las tesis recaudatorias oficiales de aquel momento, sirviendo de recordatorio de cómo la sátira puede convertirse en el mejor espejo donde una sociedad contempla sus propios despropósitos regulatorios.