La sociedad de consumo moderna se sustenta sobre el dogma de la renovación constante. La publicidad automovilística nos bombardea con mensajes que asocian el éxito personal al brillo del último modelo matriculado, los sensores táctiles y las líneas de carrocería recién salidas de fábrica.
Sin embargo, en las calles y carreteras secundarias de todo el país resiste una estirpe admirable y entrañable de conductores a los que en Pitodoble bautizamos con orgullo como los automonógamos: personas que compraron un coche en su juventud y continúan conduciéndolo veinte años y 400.000 kilómetros después con devoción inquebrantable.
«El automonógamo no ve su coche como un electrodoméstico desechable, sino como un viejo amigo de fatigas. Conoce cada crujido del salpicadero, el punto exacto en el que embraga la caja de cambios, la maña necesaria para abrir la guantera rebelde y el sonido preciso del motor al arrancar en las mañanas de invierno.»
«En ese habitáculo ha viajado toda su vida: los primeros viajes de novios a la playa con casetes rebobinados con un bolígrafo bic, las mudanzas interminables, la vuelta del hospital con el primer hijo en el capazo y miles de trayectos rutinarios que han forjado un lazo indestructible.»
Un Manifiesto contra la Obsolescencia
Frente al crédito perpetuo y los contratos de renting, el automonógamo representa una insospechada postura de sostenibilidad ecológica y resistencia filosófica. Mantener en funcionamiento un viejo utilitario bien afinado no es tacañería; es respeto por los objetos que cumplen su función con nobleza mecánica y dignidad sin artificios.